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NiCo Padilla

¿Hay Interés Detrás Del «Desinterés» De Un Altruista?

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Se suele entender como una persona altruista a aquella que actúa de forma «desinteresada», es decir, quien actúa por el bien de otros aun a costa de su propio bien.

Pero he aquí la raíz del problema. El término «desinteresado» se usa comúnmente para denotar que la persona no busca un fin material, como por ejemplo un beneficio económico. Tampoco estaría buscando reconocimiento ni alabanza alguna al hacerlo de forma anónima, desprendiéndose de la satisfacción de sentirse amado y valorado por los demás. Mas resulta imposible concebir que esta persona no buscase un bienestar espiritual, ya sea una alegría interna, paz de conciencia o, en el caso religioso, la esperanza de recibir una recompensa espiritual por haberse desprendido de un bien mundano.

Es en esta recompensa, que podría definirse como un «bien del alma», en la cual radica el móvil de la acción de un mal llamado altruista, desmontando la concepción de una acción totalmente desinteresada y en contra del propio bien en cualquiera de sus formas. Incluso una madre daría la vida por su hijo al valorar menos su vida sin él, pues de no hacerlo le resultaría insoportable vivir[1].

Profundizando todavía más en el asunto, estas ideas no son en absoluto novedosas y ya se discutían en la filosofía de la antigua Grecia. Incluso Platón, quien diferenciaba radicalmente el cuerpo y el alma en su teoría de las Ideas, expuso que el ser humano actúa siempre buscando lo que considera como un bien para sí. En el supuesto caso que lo hiciese buscando un mal, únicamente podría hacerlo sub specie boni, es decir, considerándolo en el momento de la acción como un bien. En esto, el mismo Aristóteles coincidía con su maestro, declarando que todo arte y toda indagación, toda obra y toda elección, parecen apuntar a algún bien; por lo que el bien ha sido definido con acierto como aquello a lo que tienden todas las cosas[2].

En efecto, resulta lógico deducir que una persona no puede atentar contra sí misma de forma consciente, al menos en cuanto a su concepción personal del bien en ese momento. Incluso un suicida, por ejemplo, encontraría un bien en la acción de quitarse la vida, al considerar librarse de la inmensa carga que le resulta insoportable resistir. De allí que Nietzsche afirme, en su ferviente crítica hacia el ideal ascético, que antes quiere el hombre «la nada» que el no querer[3].

Ese querer «la nada» sería la verdadera consecución de la moral altruista: un ser humano que atenta contra sí mismo en su noción del bien. Esta concepción ni siquiera es compartida por la mayoría de las personas religiosas, pues todos los sacrificios y las negaciones a favor de los demás son vistos como un medio para agradar a Dios y lograr así el fin último esperado: el Cielo, la eterna Felicidad. Tampoco es compatible con el ejemplo de una madre que da la vida por su hijo, pues la mueve su amor y la esperanza de una vida para él.

En cambio, un verdadero altruista se asemejaría a la segunda versión de Judas representada por Jorge Luis Borges[4]: el delator de su maestro que aceptaría conscientemente el eterno castigo infernal, a cambio de la salvación de la humanidad traída por Jesús, quien por sus méritos resucitaría al tercer día para hacerse acreedor de la gloria eterna. Y en el caso de una madre, en aquella que daría la vida por un desconocido a costa de la vida de su hijo amado.

Finalmente, quien se opusiera a esta inclinación voluntaria hacia la Anti-vida, pero al mismo tiempo negara perseguir algún interés propio de cualquier naturaleza (material o espiritual), solo sacaría a la luz su incapacidad de reconocer su propia escala valorativa y la relación que guarda con sus acciones. Para decirlo con Nietzsche: «No buscar lo que me conviene» no es más que la hoja de parra moral con la que se tapa un hecho completamente distinto, un hecho fisiológico: «Ya no sé qué es lo que me conviene.» ¡Disgregación de los instintos! El hombre que se vuelve altruista es un hombre que está acabado[5].

Se concluye entonces lo indispensable que resulta para la vida del hombre disponer de un código moral que lo anime a buscar su realización personal, tomando en consideración su propia escala valorativa. El altruismo – el verdadero – no encaja en esta consideración, pues exalta la Anti-vida y la negación del propio ser. Resulta a su vez importante destacar que este altruismo nada tiene que ver con el amor y la amistad, pues si bien estas relaciones humanas demandan ciertos niveles de entrega hacia el otro, no por ello van dirigidas en contra del propio bien. Todo lo contrario, el amor y la amistad son formas genuinas que buscan alcanzar la plenitud del propio ser, al reconocer un bien en el encuentro con otro ser humano a quien se aprecia por sus valores y méritos: ¡Qué bien me hace amarte! – dirían los enamorados.

 

Extracto del ensayo: Desentrañando La Acción Humana. Disponible en: http://eslibertad.org/2014/09/09/desentranando-la-accion-humana/

Por: Nelson Carreras G.  |  Foto: NiCo Padilla

 

[1] Entiéndase que con ello no se pretende desprestigiar cuán loable es entregar la vida por un ser amado, sino solo identificar la verdadera naturaleza de la acción.

[2] Copleston, Frederick Charles (2000-2004). Historia de la filosofía. Volumen 1. Barcelona: Editorial Ariel.

[3] Nietzsche, Friedrich (1996). La genealogía de la moral. Madrid: Alianza Editorial.

[4] Borges, Jorge Luis (2011). Ficciones. Buenos Aires: Editorial Sudamericana.

[5] Nietzsche, Friedrich (2004). El crepúsculo de los ídolos. Madrid: Alianza Editorial.

Nelson Carreras G.

Nelson Carreras G.

Venezolano en Dinamarca | Ingeniero, estudiante de doctorado en seguridad de sistemas ciber-físicos | Escritor | Ser libre es una conquista de los valientes

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