El inicio de este año invita a reflexionar sobre la posibilidad —cada vez más discutida en el debate internacional— de un eventual fin del régimen de Nicolás Maduro, heredero político de Hugo Chávez y de un proyecto colectivista que, bajo la promesa del socialismo como paraíso terrenal, logró transformar a uno de los países más ricos de la región en una nación empobrecida y miserable.
El resultado es conocido: una migración sin precedentes en América Latina, persecución sistemática de las ideas disidentes y la conversión de Venezuela en un enclave funcional al terrorismo, el narcotráfico y el lavado de dinero. Sin embargo, el caso venezolano no es único. La historia reciente ofrece ejemplos claros de países que, tras décadas de gobiernos totalitarios y economías planificadas, lograron transitar hacia la libertad política y económica.
Analizar esas experiencias permite extraer lecciones valiosas sobre lo que debe hacerse —y lo que debe evitarse— en una eventual transición venezolana.
Panamá:
El 20 de diciembre de 1989, en la madrugada, Estados Unidos puso fin a la dictadura de Manuel Antonio Noriega. Fue una transición marcada por la violencia y la tragedia, muy distinta en sus formas a lo que podría ocurrir en Venezuela. En enero de 1990 asumió el gobierno de Guillermo Endara.
Lo bueno:
Panamá inició un proceso de privatizaciones que redujo el tamaño del Estado y desmontó buena parte del aparato burocrático que había servido al régimen. Se comprendió que el camino hacia la prosperidad pasaba por el libre mercado, la apertura comercial y la movilidad de capitales. Desde entonces, el país consolidó tratados de libre comercio y una economía abierta que lo posicionaron como uno de los más prósperos de la región.
Lo malo:
En aras de “pasar la página” rápidamente, no se saneó el sistema institucional ni se aplicó todo el peso de la ley contra quienes persiguieron, asesinaron y aterrorizaron a los opositores del régimen. Esa impunidad inicial debilitó las instituciones y permitió que, con el paso de los años, distintos gobiernos las erosionaran progresivamente, dejando al país en una situación de fragilidad estructural.
Alemania:
Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945, Alemania inició una transición profunda para cerrar el capítulo del nazismo. Bajo el Plan Marshall, Estados Unidos impulsó la reconstrucción económica de Europa.
Lo bueno:
Ludwig Erhard, ministro de Economía y miembro de la Escuela de Friburgo, comprendió que la recuperación no dependía del intervencionismo estatal, sino del libre mercado. Inspirado por las ideas de Hayek y Mises, y en contra de muchos lineamientos del propio Plan Marshall, liberalizó precios y desmontó controles. El resultado fue el llamado milagro alemán: un crecimiento acelerado que convirtió a Alemania en la economía más fuerte de Europa. Erhard resistió tanto al colectivismo como al capitalismo de amiguetes, manteniéndose fiel a principios claros.
Lo malo:
Aunque el nazismo fue prohibido, se subestimó el peligro del socialismo. Nazismo y comunismo comparten una raíz común: el colectivismo y la supremacía del Estado sobre el individuo. Ignorar esta amenaza explica, en parte, la deriva socialdemócrata que Alemania experimenta desde 2015, erosionando los fundamentos del orden económico de mercado que hizo posible su prosperidad.
Europa del Este:
Tras la guerra, los países de Europa del Este quedaron bajo el control de la Unión Soviética y sufrieron durante décadas los horrores del socialismo real. La caída del Muro de Berlín marcó el inicio de su liberación.
Lo bueno:
Estas naciones aprendieron de su experiencia histórica. Muchas prohibieron tanto el nazismo como el comunismo, entendiendo que ambas ideologías conducen al totalitarismo. Apostaron decididamente por el libre mercado, fortalecieron sus instituciones y hoy varios de estos países convergen —e incluso superan— a economías occidentales dominadas por políticas colectivistas.
Lo malo:
El daño cultural dejado por décadas de socialismo no desaparece de inmediato. El miedo, la desconfianza y la ruptura de las relaciones voluntarias afectan la cooperación social. Reconstruir valores morales, respeto por la propiedad privada y confianza ciudadana es un proceso lento que exige un compromiso sostenido con las ideas de la libertad.
Tres transiciones, tres casos de éxito, con una lección común: libre mercado e instituciones fuertes.
Cada país recorrió su camino con distintos matices, pero todos confirmaron que la prosperidad no surge del colectivismo ni del poder concentrado, sino de sociedades abiertas, responsables y basadas en la iniciativa individual.
Si Venezuela aspira a reconstruirse como nación libre, rica y próspera, deberá enterrar definitivamente las ideas colectivistas, fortalecer sus instituciones y promover principios morales que permitan la convivencia, la cooperación voluntaria y el pleno respeto a la libertad individual.



